
Era casi la una de la tarde cuando salí de la comunidad de Chota, un hospedaje comunitario afro andino dirigido por mujeres de diferentes edades que con orgullo y determinación me explicaran la importancia de este lugar como un espacio de resistencia y preservación de la cultura.
Solo faltaban unos días para llegar a la frontera entre Ecuador y Colombia. Ya había notado que docenas o quizás cientos de refugiados venezolanos y venezolanas caminaban por esta región hacia Perú. Lo único que recibían era la indiferencia de la gente. Porque eran muchísimos, porque pasan todos los días, y al pasar todos los días se tornan invisibles a aquellos que viven cerca de la carretera.
Un grupo de ellos pasó cerca de mí. Uno de ellos, sin ningún saludo, porque el hambre no requiere formalidades y amabilidad, me preguntó si tenía algo para brindarles, algo que fuese salado, porque lo que generalmente les dan es pan. No lo pensé dos veces. Les pedí que se sentaran en la banquina de la carretera conmigo mientras preparaba el almuerzo. Mostré la olla, que es chiquita, lo que significaba que tendría que cocinar porciones pequeñas. Hice la misma medida tres veces.
Mientras unos iban comiendo, seguíamos preparando más almuerzo y hablando sobre lo que vivíamos en el camino, cosas comunes porque ninguno de los temas era llevado a la profundidad que merecía. Algunos no decían nada, mantenían la cabeza baja y los ojos cerrados, el cansancio no permitía ninguna socialización.
Noté que los primeros que comían, continuaban observando, casi hipnóticamente, cada cucharada que sus compañeros se llevaban a la boca. Aún continuaban con hambre, pensé, y les ofrecí pan con mermelada. La bolsa de pan fue devorada con avidez. Eso me molestó un poco porque no pensaron en sus compañeros ni en mí. Rápidamente me di cuenta de que el hambre tampoco piensa. Antes de despedirnos, nos abrazamos y tomamos fotos: íbamos en direcciones opuestas.
Unos kilómetros más adelante busqué un paquete de galletas que llevaba en mi mochila. No lo encontré. Mis amigos fueron rápidos. De nuevo me sentí irritado y molestado por esa situación, pensé que fueron desagradecidos. De pronto pensé que se llevarían también la cámara GoPro que estaba en el mismo compartimento. No fue así y quedó en evidencia que lo que los impulsó fue el hambre. Quedé triste porque sé que la situación de este grupo no es una excepción, así son todos los que encuentro en la ruta.
Entre ellos estaba un colombiano que fue designado por el grupo para saltar el muro de una casa que parecía abandonada y así llenar una botella con agua que me sirvió para cocinar.
Dos semanas después, ya en Colombia, debido a los robos que estaban ocurriendo, me advierten que redoble mi atención con aquellos que caminan por la carretera.
En un día soleado, en medio de las montañas de Nariño vi a alguien que me indicaba que parara. Mi corazón se aceleró. Temí ser asaltado. Evalué rápidamente la situación: no serviría de nada correr; el camino estaba prácticamente desierto, lo que permitiría al presunto asaltante correr detrás de mí. Decidí seguir adelante. Cuando me acerqué, él dijo:
-“ Brasileño, caminas muy rápido, ¡ya estás aquí!”
– ¿De dónde me conoces? Pregunté, aún con sospechas.
– “Soy el colombiano, ¿recuerdas que nos preparaste comida?”
Recordé. Pero él estaba prácticamente irreconocible. Tenía la cara muy golpeada, un ojo morado, un brazo vendado y caminaba con dificultad. Todo esto, según él, fue el resultado de una pelea. Intentaron robarlo, explicó. Sospeché que la marihuana fue la causa de la pelea.
Pregunté si me robaron las galletas. – Tal vez los otros, respondió rápidamente. No me pidió nada, pero le di algunas manzanas y seguí mi camino.
Al día siguiente lo encontré nuevamente. Había dormido en el campo. Esta vez hablé más con él. Se llama Miguel. Tiene cuatro hermanos y dos hijas. Hace mucho que no los ve. Se siente abandonado por su familia, por Dios y por el mundo.
– “Si alguien me mata, nadie me extrañará”.
No dije nada. Lo escuché y él continuó:
– “No fui siempre así. Era policía, siempre con una buena pinta, me tiraba a todas las “churras” que se cruzaban por mi camino”.
Conversando un poco más, me di cuenta de que no hubo forma de haber sido policía. Miguel ni siquiera sabía leer ni escribir. Esto, tal vez, era una fantasía para tratar de soportar su verdadera y dura realidad. Cuando tenía diez años, su madre fue arrestada por tráfico de drogas. Creció solo, yendo de un lado a otro e incluso hoy no está seguro de a dónde va. Le pregunté por sus sueños. No tenía.
Me despedí de Miguel.
Creo que caminar sin sueños es caminar hacia la nada. ¿Pero qué le queda a Miguel sino caminar? Me molesto un poco cuando escucho discursos motivadores que sugieren que las personas tienen que atrapar sus sueños. Lo que los autores de estos discursos no saben es que la miseria y la desigualdad son devoradoras de sueños.